La pasión por el arte oriental junto a la milenaria tradición de contar historias se unen. Soy feliz juntando cuento y papel, tradición e historia.
Un poema que encuentro por allí me recuerda lo hermoso que es pasar tiempo dedicado a un/a mismo/a. Tómate un tiempo para pensar en ti, para sentirte feliz contigo mismo/a. Ser feliz es una decisión, no hay duda alguna.
MIL ORIGAMI
Soy una ajada pieza de papel.
Para muchos una mano ha moldeado mil formas
a partir de esta pequeña pieza.
No quiero bordes doblados,
porque me desgarro por algunos sitios.
Mis frágiles líneas encajan perfectamente
con la siguiente forma que adopto;
un testimonio de mi maleabilidad.
Porque soy como papel en las manos
de un niño haciendo origami.
Emuobome Jemikalajah
Hay una escritora española que me fascina: Emilia Pardo Bazán que fue una destacada representante de la Literatura del Realismo junto con Benito Pérez-Galdós.
Quiero compartir contigo, una de sus historias. Disfrútala.
Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana cáscara de huevo, y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono obscuro y caliente a la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.
Una de las noches en que no bajaron las vecinas,— noche de Mayo, tibia y estrellada,— estando el balcón abierto y entrando el perfume de las acacias a embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbuceaba entrecortadas palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oír las de la dama, y me fue poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso. «Mi único remordimiento, mi único yerro— murmuró acongojada doña Leonor— se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.» Y vi, a la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas obscuras una lágrima lenta...
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El Marqués, a quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir, y a las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente: —No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy a decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos a que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...— porque gusto sería— de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor! Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente. —Veo que no me cree usted— añadió el Marqués entonces.— No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho a suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene a su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo o de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho al señor. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido todo... es decir, nada... pero todo para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, a pedirme cuentas, a querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, a estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., o él me habría matado a mí (no digo que no pudiese suceder).
Por fortuna no me aturdí, y preguntando a Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que a la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla o en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, a quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro a usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted a saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará a no admirarse casi de nada. Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible.
No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandy, me dediqué desde aquel punto, no a cortejar a Leonor, sino a observar a Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fui sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, a los lances que pueden originar un error, a las alucinaciones que a veces sufrimos, a los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión a sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara a cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó: —¿ Qué? ¿Ya te han enviado allá a ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura! No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo: —Has de saber que cuando fui a casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado a Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba.
Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné a la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos a hablar de esto en la vida! Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme a solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.
Gracias Emilia.
El patrón contestó,
-"Usted me ha servido
fielmente y con honestidad; cuando el servicio es así, igual debe ser la
recompensa."- Y le dio a Hans una pieza de oro tan grande como su cabeza.
Hans sacó su pañuelo de su bolsillo, envolvió la pieza, la puso sobre su hombro, y salió por el camino hacia su casa.
Mientras iba de camino, siempre poniendo un pie antes del otro, vio a un jinete trotar rápida y alegremente en un caballo.
-"¡Ah!"- dijo Hans en voz alta, -"¡Qué cosa más fina es montar a caballo! Allí uno se sienta en una silla; no tropieza con piedras, protege sus zapatos, y uno avanza, sin preocuparse de cómo lo hace."-
El jinete, que lo había oído, se paró y lo llamó,
-"¡Hey! ¿Hans, por qué va usted a pie, entonces?"-
-"Debo hacerlo,"- contestó él, -"ya que tengo que llevar esta pieza a casa; que en verdad es una pieza de oro, pero no puedo sostener mi cabeza derecha por causa de ella, y eso hace daño a mi hombro."-
-"Le diré que haremos,"- dijo el jinete, -"intercambiemos: yo le daré mi caballo, y usted me da su pieza."
-"Con toda mi dicha,"- dijo Hans, -"pero permítame decirle que usted tendrá que avanzar lentamente con esa carga."-
El jinete se bajó, tomó el oro, y ayudó a Hans a subir; entonces le dio la brida firmemente en sus manos y le dijo,
-"Si usted quiere ir en con paso realmente bueno, usted debe hacer chut chut con su lengua y gritar: "¡Arre! ¡Arre!"
Hans estuvo felizmente encantado cuando se sentó sobre el caballo y anduvo a caballo lejos, orgullosa y libremente. Al ratito él pensó que debería ir más rápido, y comenzó a hacer chut chut con su lengua y a gritar: "¡Arre! ¡Arre!" El caballo se puso en un agudo trote, y antes de que Hans supiera donde se encontraba, fue lanzado abajo, cayendo en una zanja de desagüe que separaba al campo del camino. El caballo se habría marchado lejos también si no hubiera sido parado por un campesino, que venía por camino conduciendo a una vaca delante de él.
Hans acomodó su cuerpo y se levantó en sus piernas otra vez, pero sintiéndose fastidiado, le dijo al campesino,
"Qué mal chasco, esta equitación, sobre todo cuando uno se adhiere a una yegua como ésta, que da una patada y lo bota a uno, de modo que cualquiera podría romperse el cuello así de fácil. Nunca voy a yo montarla otra vez. Ahora bien, me gusta su vaca, porque uno puede andar silenciosamente detrás de ella, y tener, además, algo de leche, mantequilla y queso cada día sin falta. Lo que daría yo para tener a semejante vaca."-
-"Bien,"- dijo el campesino, -"si eso le daría tanto placer, no me opongo a cambiar la vaca por el caballo."-
Con gran placer, Hans estuvo de acuerdo, el campesino brincó sobre el caballo, y galopando se alejó rápidamente.
Hans condujo a su vaca silenciosamente delante de él, y meditó su trato afortunado.
-"Si sólo tengo un bocado de pan, - lo cual difícilmente me fallaría - puedo comer mantequilla y queso tan a menudo como me gusta; y si tengo sed, puedo ordeñar a mi vaca y beber la leche. ¿Corazón bueno, qué más puedo querer?"-
Al llegar a una posada él hizo una parada, y en su gran alegría comió por completo lo que traía con él - su almuerzo y cena - y cuanto cosa encontró que tenía, y con sus últimas monedas adquirió media jarra de cerveza. Entonces él condujo a su vaca por delante a lo largo del camino al pueblo de su madre.
Cuando el mediodía estaba en su máximo punto y el calor era más opresivo, Hans se encontró sobre un páramo que tomaría aproximadamente una hora para cruzarlo. Él lo sintió muy caliente y su lengua se resecaba con la sed.
-"Puedo encontrar una cura para esto,"- pensó Hans; "ordeñaré a la vaca ahora y me refrescaré con la leche."-
Él la ató a un árbol seco, y como no tenía ningún balde, puso su gorra de cuero debajo; pero por más que lo intentó, ni una gota de leche salió. Y como él se puso a trabajar de un modo torpe, la bestia se impacientó y por fin le dio tal golpe en su cabeza con su pie trasero, que él cayó en la tierra, y durante mucho rato no pudo pensar donde era que estaba.
Por fortuna en ese momento venía un carnicero por el camino con una carretilla, en la cual traía atado a un cerdo joven.
-"¿Qué está pasando aquí?"- gritó él, y ayudó al bueno de Hans.
Hans le dijo lo que había pasado. El carnicero le dio su matraz y le dijo,
-"Tome de la bebida y refrésquese. La vaca no dará seguramente ninguna leche, es una vieja bestia; en el mejor de los casos es sólo adecuada para el arado, o para el carnicero."-
"-¿Bien, pues"- dijo Hans, mientras se acariciaba su pelo en su cabeza, -"quién lo habría pensado? Ciertamente es una cosa fina cuando uno puede matar a una bestia así en casa; ¡qué carne obtiene uno! Pero no se me antoja mucho la carne de vaca, no es bastante jugosa para mí. Un cerdo joven como ese es lo que me gustaría tener, sabe completamente diferente; ¡y luego hay salchichas!"-
-"Oye Hans," dijo el carnicero, -"por el aprecio que le tengo, aceptaré el cambio, y le dejaré tener al cerdo por la vaca."-
-"¡Que el cielo le reembolse su bondad!"- dijo Hans cuando le dejaba a la vaca, mientras el cerdo era desatado de la carretilla, y la cuerda por la cual estaba atado, fue puesta en su mano.
Hans continuó su camino, y pensaba como todo iba saliendo como él deseaba; cómo cada vez que se encontraba realmente con algo inconveniente, era inmediatamente puesto a derecho. En ese momento se encontró con un joven que llevaba un ganso blanco fino bajo su brazo. Ellos se dijeron buenos días el uno al otro, y Hans comenzó a contar de su buena suerte, y como él siempre hacía tales buenos tratos. El muchacho le dijo que él llevaba al ganso a un banquete de bautizo.
-"Sólo levántelo,"- añadió él, y lo sostuvo por las alas; -"vea como pesa, pues ha sido engordado durante las ocho semanas pasadas. Quienquiera que pruebe un poco de él cuando esté asado, tendrá que limpiar la grasa de ambos lados de su boca."-
-"Sí,"- dijo Hans, cuando él sintió su pesó en una mano, -"es un peso muy bueno, pero mi cerdo no es nada malo."-
Mientras tanto el joven miró con recelo de un lado al otro, y sacudió su cabeza.
-"Mire Ud.,"- dijo con mucho detalle, -"puede que no todo esté bien con su cerdo. En el pueblo por el cual pasé, el Alcalde mismo acababa de tener un robo en su pocilga. Temo, temo que usted llegue a ser sospechoso del acto allí. Ellos han enviado a algunas personas y sería un mal negocio si ellos lo agarraran con el cerdo; por lo menos, usted sería encerrado en el agujero oscuro."-
El bueno de Hans se aterrorizó. ¡"Oh, Dios!", dijo, -"ayúdeme Ud. a arreglar todo esto; usted que sabe más sobre este lugar que yo, tome a mi cerdo y déjeme su ganso."-
-"Arriesgaré algo en este asunto,"- contestó el muchacho, -"pero no seré la causa de que a Ud. lo metan en el problema."-
Entonces él tomó la cuerda del cerdo en su mano, y corrió con el cerdo rápidamente a lo largo del camino.
El buen Hans, ya despreocupado, siguió adelante con el ganso bajo su brazo. -
"Cuando lo medito correctamente,"- se dijo él mismo, -"me ha ido muy bien con este cambio; primero habrá buena carne asada, luego la cantidad de grasa que goteará de ella, y que me dará para mi pan durante un cuarto de año, y finalmente las plumas blancas hermosas; que servirán para llenar mi almohada, y por ello en efecto iré a dormir plácidamente. ¡Qué alegre se pondrá mi madre!"-
Cuando Hans pasaba por el último pueblo, allí estaba un afilador de tijeras con su carretilla; y mientras éste hacía girar a su rueda de afilar, cantaba:
-"Afilo tijeras y rápido afilo con mi piedra,
Mi abrigo se levanta con el viento de atrás."
Hans se estuvo quieto y lo miró; y cuando por fin le habló le dijo,
-"Todo se ve muy bien con usted, al estar tan alegre con su trabajo."-
-"Sí,"- contestó el afilador de tijeras, -"el comercio es una fuente de oro. Un verdadero afilador es un hombre que en cuanto pone su mano en el bolsillo encuentra allí el oro. ¿Pero dónde compró usted a ese ganso tan fino?"
-"Yo no lo compré, lo cambié por mi cerdo."-
-"Y el cerdo?"-
-"Lo conseguí por una vaca."-
-"¿Y la vaca?"-
-"La obtuve en lugar de un caballo."-
-"¿Y el caballo?"-
-"Por él di una piedra de oro del tamaño de mi cabeza."-
-"¿Y el oro?"-
-"Bueno, esa fue mi remuneración por siete años de trabajo."-
-"Usted ha sabido cuidar de sus transacciones cada vez,"- dijo el afilador. -"Si usted sólo pudiera avanzar a fin de oír el tintineo de dinero en su bolsillo cada vez que usted se levante, habrá hecho una fortuna."
-"¿Y cómo podría llegar a eso?"- dijo Hans.
-"Usted tiene que ser
un afilador, como lo soy yo;"- contestó el afilador -" y no es
necesario nada más que una piedra de afilar, el resto llega solo. Yo tengo una
aquí; cierto que está un poco gastada, pero no tendría que darme dinero por
ella, no más que su ganso; ¿lo haría usted?"
-"¿Cómo puede dudarlo?"- contestó Hans. -"Seré el tipo más afortunado en la tierra si tengo el dinero cada vez que yo ponga mi mano en el bolsillo, ¿qué necesidad hay de que yo me preocupe por más tiempo?"- y él le dio el ganso y recibió la piedra a cambio.
-"Ahora"-, dijo el afilador, mientras tomaba una piedra pesada ordinaria que estba en el suelo cerca de él, -"aquí tiene otra piedra fuerte, de gran oportunidad para usted, con la que podrá afilar muy bien con ella, y hasta enderezar clavos doblados. Llévesela y guárdela con cuidado."-
Hans cargó con las piedras, y siguió con su corazón contento y sus ojos brillaban con alegría.
-"Debo haber nacido con un gran amuleto,"- se decía a sí mismo; -"todo lo que quiero me pasa justo como si yo fuera un niño consentido."-
Mientras tanto, como él había estado caminando desde el amanecer, comenzó a sentirse cansado. El hambre también lo atormentó, ya que en su alegría cuando hizo el trato por el cual él consiguió a la vaca, se había comido por completo toda la reserva del alimento que llevaba. Por último, ya sólo podía seguir con gran dificultad, y se sentía obligado a pararse cada minuto; además, las piedras lo sobrecargaban terriblemente. Entonces solamente podía pensar que agradable sería si él no tuviera que llevarlas en ese momento.
Ya muy cansado, él se arrastró como un caracol a un pozo de agua en un terreno, y allí él pensó que descansaría y se refrescaría con el agua fresca, pero a fin de que él no pudiera perjudicar a las piedras al sentarse, las puso con cuidado a su lado en el borde del pozo. Entonces él se sentó, y cuando debía inclinarse para beber, tubo un resbalón, golpeándose contra las piedras, y haciendo que ambas cayeran en el fondo del pozo. Cuando Hans vio con sus propios ojos que se iban al fondo, brincó de alegría, y luego se arrodilló, y con lágrimas en sus ojos agradeció a Dios por haberle dado este favor también, y haberlo puesto en tan buen camino, y no tuvo necesidad de reprocharse a sí mismo por nada de lo ocurrido, ya que aquellas piedras pesadas habían sido las únicas cosas que lo preocuparon.
-"¡No hay ningún hombre bajo el sol tan afortunado como yo!"- grito con fuerza.
Con un corazón alivianado y libre de toda carga, ahora él pudo correr felizmente hasta estar en casa con su madre.
Los Hermanos Grimm
Nunca entendió lo que pasó aquella mañana, pero los sucesos que procedieron al gran acontecimiento lo marcaron para siempre, haciendo, desde aquel momento, su vida diferente.






