Durante la secundaria leí una serie de obras literarias magníficas, reconocidas, clásicas e inalcanzables. Al terminar de leerlas las imaginaba varias veces, las repasaba continuamente hasta que las historias se escapaban de mi mente y yo me quedaba con la sensación de vacío.
-¡Qué brillante aquel personaje que escribió esta historia!
-Su vida habrá sido
increíble, habrá estado repleta de aventuras o situaciones adversas.

Esto pensaba en aquellas épocas (a veces me descubro
volviendo a llegar a esa conclusión). Luego comprendí que la capacidad
imaginativa del lector es tan grande que no se limita al texto. Queremos
entenderlo todo. Cuando empezamos a interesarnos en la lectura, también nos
interesamos en los escritores y los sentimos como seres fantásticos que tienen
poderes extraordinarios:
-sólo gente con un don especial puede escribir de esa manera.
Yo los pensaba con vidas interesantísimas y sobre todo muy
distintas a la mía. A un lado, ellos con sus grandes libros publicados, al otro
lado yo haciendo una tercera copia a mano de mi primer cuento “los tres gatitos
más bonitos del mundo” que tenía como referencia un drama americano que pasaban
por televisión.
Cuando este antiguo recuerdo terminó de desarrollarse en mí,
apareció a mi lado el poeta Tomas Eliot para recordarme que “ningún poeta,
ningún artista, posee la totalidad de su propio significado. Su significado, su apreciación, es la
apreciación de su relación con los poetas y artistas muertos”.
Mi cuento tomaba como base esa historia televisiva, los productores de la película tenían como base el argumento de una obra de William Shakespeare y él a su vez tomaba referencias de muchos dramaturgos de la época y anteriores a él. Concuerdo con Eliot, somos parte de un todo, la tradición avanza incorporando nuevas ideas, yo me inspiré y consumí mucha literatura griega, medieval, renacentista entre otras para mis futuras creaciones. He convivido con los muertos.
La influencia del pasado es parte de la vida de las letras
venideras. Me gradué como profesora de lenguaje y literatura para seguir con la
afición por lo antiguo, lo clásico y sus atribuciones.
El tiempo pasó y dejé de escribir para empezar a contar. Decía en voz alta todo lo que no podía decir escribiendo. Mis primeros cuentos provinieron de los Hermanos Grimm, también de las fábulas Esopo. Luego comencé a incluir un repertorio propio, mis creaciones se basaban en cuentos de la tradición oral, pero con un toque personal, mis situaciones y emociones.
Las historias improvisadas aparecieron más tarde, me atreví
a crear argumentos con fluidez respetando la estructura del cuento aprendida muchos
años atrás. Me gustaba este formato, sentía que la recepción de los escuchas
era más potente, se identificaban con mi historia, conmigo. Una iluminación
aparecería más tarde de la voz del poeta Rainer Maria Rilke “las mejores
historias provienen de la propia experiencia, del sentir, de lo que queremos
hacer, de conocer al mundo, de lo que llevamos dentro”. Rilke empezaba a
palpitar en mí y no lo sabía.
Gracias a estos despertares empecé a observarme, a
estudiarme. ¿Qué tipo de escritora soy? ¿Quiero seguir los pasos de Elliot y
vivir entre los muertos o quiero el camino profundo de las experiencias para
crear como propone Rilke?
He empezado a analizar a la escritora que me habita. Encontré
textos con los que me he sentido identificada, otros que descarté al instante, conocí
escritores cuyas vidas no eran tan extraordinarias como el tiempo que le dedicaran
a su actividad literaria. Mis gustos y mis decepciones, todo formaba parte de
mi auto análisis.
Respondo a las interrogantes que me planteo con total
claridad:
-“Soy una escritora intermitente y fantástica.”
Soy intermitente porque escribo textos, cuentos, canciones;
pero duermen el sueño de los justos esperando que otra vez salgan a la luz para
volverlos a sentir y termine modificándolos completamente (en el oficio de
escritor la corrección es casi una adicción).
Por otro lado, soy una escritora fantástica gracias a Gianni
Rodari, Roald Dahl, el cine, la música, los proyectos, la literatura. Concluyo
afirmando que creo en la magia del escritor, en la capacidad que tiene de crear
mundos sorprendentes, la perseverancia es su bandera. La constancia les permite
generar palabras que hacen vibrar el alma de quien lee.
Para ser escritor o escritora se necesita sobre todas las
cosas:
-tener algo que decir,
-tener capacidad imaginativa
-ser consciente de las habilidades literarias que se posee.
Todo esto nos permitirá comprender la necesidad imperiosa
que debemos tener para afinar el "don" si queremos escribir bien.
Esta semana he reflexionado sobre el placer profundo que produce la lectura, pero no sólo la que te propone un texto sino la que te brinda la vida.
Hace
unos meses atrás conversaba con un reconocido escritor peruano sobre la labor
que tenemos los docentes de extrapolar el termino leer. Es decir, no sólo debemos referirnos a los
textos cuando de leer se habla, sino también podemos leer la vida, los hechos,
las pinturas, el cine, las expresiones.
Es
aquí donde descubro que soy una lectora total: yo cuento cuentos y vivo creando
mundos fantásticos cuando leo una historia, luego leo los rostros de mis
escuchas y el cuento cobra vida, crece; esa lectura cambia dependiendo del
lugar, el tiempo y de quién lo escucha. Estas anécdotas las relacioné con
las diferentes concepciones que algunos tienen al leer el Quijote. Mis estudiantes de
aquel entonces, sin ir muy lejos, sólo mostraban rostros de fastidio al empezar
a hablar de él. Se me ocurrió cambiar la estrategia de acercamiento con
estos muchachos, hice una canción y relacioné mi adolescencia solitaria con la soledad de
Alonso Quijano. La disposición para revisar el libro de Cervantes cambió y se
identificaron con algunos pasajes que yo no recordaba e hicimos conversatorios
interesantes sobre el Quijote, puedo decir que nuestras percepciones se
complementaron cuando le dimos vida al cuento.
Luego
Jorge Volpi en su libro Leer la mente, me brinda las frases
puntuales y necesarias para entender lo que leo sobre la situación de mi país: “todos
podemos ser otros mientras leemos y vivimos”. Somos seres de ficción, nos
involucramos con el corazón efervescente en las actividades que requieran
nuestra fuerza y lo hacemos desde el inicio de la humanidad, estoy totalmente
de acuerdo.
La
primera vez que leí un libro completo lloré tanto, primero porque me lo regaló
mi hermana que era una villana conmigo. Me sentí amada con el regalo, luego
seguí llorando, porque el personaje principal del libro sufría tanto como yo,
en ese momento me convertí en su defensora. A los 15 años leí mi primer libro
completo gracias a mi hermana, antes de esa edad solía leer por obligación,
para pasar el curso de literatura, no había encontrado nada que llamara mi
atención hasta que llegó aquel regalo.
Desde
ese entonces soy pura ficción, lucho contra la dura realidad cuando es muy dura
y también utilizo la realidad para convertirla en una buena historia de ficción
cuando comparto un cuento o el amor por un libro con otros.
Desde los dieciséis soy una lectora apasionada y voraz, consumo muchos cuentos (como parte de mi trabajo) y mucha teoría literaria para comprender más mi labor. También leo la vida y el paisaje que me acompaña. Me considero una animadora a la lectura, porque trabajo en medio de niños y jóvenes que detestan leer, vuelvo a ser niña cuando comparto una historia con aquellos que no sabían que nuestro país nació siendo oral y que somos ricos en esa tradición.
La lectura es vida para mí desde todas las vertientes y aristas que me lo permiten.
Y LUEGO DE ESTA REFLEXIÓN,
UNA LECTURA PROPONGO YO
TÓMATE UN TIEMPO EN ESTA VIDA
DISFRUTA EL CUENTO, PONLE EMOCIÓN.
Lectura recomendada para esta semana:
Mi planta de naranja Lima de José Mauro de Vascolcelos


