Tiempo de Cuentos marzo 01, 2021

Enrique Verástegui es un poeta peruano fundador del movimiento literario Hora Zero. 
Voz brillante y potente de la poesía de los 70, Enrique nos regala, hoy lunes, este magistral poema... 


Si te quedas en mi país

En mi país la poesía ladra
suda orina tiene sucias las axilas.
La poesía frecuenta los burdeles
escribe cantos silba danza mientras se mira
ociosamente en la toilette
y ha conocido el sabor dulzón del amor
en los parquecitos de crepé
bajo la luna
de los mostradores.

Pero en mi país hay quienes hablan con su botella de vino
sobre la pared azulada.

Y la poesía rueda contigo de la mano
por estos mismos lugares que no son los lugares
para filmar una canción destrozada.
Y por la poesía en mi país
si no hablaste como esto
te obligan a salir
en mi país
no hay donde ir
pero tienes que ir saliendo
como el acné en el cascarón rosado.
Y esto te urge más que una palabra perfecta.

En mi país la poesía te habla
como un labio inquietante al oído
te aleja de tu cuna culeca
filma tu paisaje de Herodes
y la brisa remece tus sueños
–la brisa helada de un ventilador.
Porque una lengua hablará por tu lengua.
Y otra mano guiará a tu mano
si te quedas en mi país.

Tiempo de Cuentos febrero 18, 2021



Una reflexión lectora para ti


Desde que éramos pequeños o pequeñas nos han repetido frases que han resonado en mi cabeza por mucho tiempo:

“Leer te hará ser una persona de bien”

“Hay que leer mucho para ser grande en la vida”

“Leer nos hará libres”


“Lee para que seas alguien en la vida”

“Leer te hace más culta”


Lo escuché tantas veces que hasta me lo creí. Pero, ¿realmente estas frases son ciertas? ¿Estas frases generan una conciencia de importancia de la lectura? ¿La lectura es importante en la vida del ser humano? Puede que sí y puede que no. Veamos algunos hechos a partir de mi experiencia que nos pueden dar luz sobre estas clásicas cuestiones.

Durante la etapa escolar he leído muy poco, si a cuentos y novelas se refiere. Los profesores de aquel tiempo nos hacían copiar grandes textos que escribían en las pizarras y luego nos brindaban una serie de preguntas para investigar en libros que todos teníamos en casa: las grandes enciclopedias que reunían todos los temas que te brindaba la escuela.

Mi mamá invirtió en comprar algunos de estos libros grandes muy reconocidos a nivel mundial los “Espasa Calpe” que traían muchísima información de diferentes especialidades y una podía buscar tranquilamente los datos necesarios. Hacía mi tarea, lo presentaba y luego debía memorizar todo para el examen de final de semestre. Esta rutina se repitió durante muchos años incluyendo, además, los resúmenes de los clásicos de la literatura que no eran obligatorios leer completos. Repetición sin comprensión


Tuve una profesora de literatura que fue un ejemplo para mí desde el primer día de clases, me incentivó la lectura de cuentos y la poesía, recitábamos mucho a su lado, porque era fanática de la voz en alto. Antes de terminar la escuela se fue y pusieron en su lugar a otra profesora que realmente me daba miedo. Ella nos obligó a leer el Mío Cid, Hamlet, La Palabra del Mudo (algunos cuentos) y Crimen y Castigo. Era mi último año en la escuela y leía con miedo, era mi último año y odiaba al mundo, era mi último año y mi rebeldía lectora explotaba.

Me preguntaba, ¿leer te hace una persona de bien? ¿cómo podía ser eso posible?

Esa profesora que pasaba largas horas con nosotras, había leído muchos libros y humillaba a sus estudiantes a diario, como podía ser una persona de bien. Mi rechazo a la lectura tenía nombre y apellido: Marcela Beteta.

Luego de un año ocurrió el incidente con mi hermana, ella me regaló un libro y sólo lo leí porque me lo había dado ella, era un clásico de la Literatura Juvenil de aquel entonces, “mi planta de naranja lima” que tocó todas las vértebras de mi ser (mientras escribo este ensayo entiendo el porqué de mi afición por el recuerdo de este libro); en ese entonces me sentía como Zezé: desprotegida por la autoridad familiar, política y social de mi país. Era muy joven para llegar a esos razonamientos a esa edad.

Al salir de la escuela estaba perdida en el mundo real, una prima mía me pidió que nos inscribiéramos en un instituto pedagógico para convertirnos en profesoras, yo insistía en que esa idea era una locura, pero a fuerza de argumentos razonables típicos de la edad -“acompáñame a estudiar en ese lugar, si no estás haciendo nada de tu vida, haz nada conmigo”- accedí.

Ella quería estudiar docencia en la especialidad de literatura y eso sí que no quería, lo rechacé al instante. Yo postularía a la especialidad de ciencias sociales, porque sentía que la historia tenía más sentido para mí. Ese año no hubo ingresos para esa especialidad, así que terminé postulando a Literatura para acompañar el proceso vocacional de mi prima.

Ingresé con pocas ganas, pero fue lo mejor que me pudo pasar. El lugar estaba destinado a que leyera todo lo que llegaba a mis manos y a mi vista. La educación era mi pasión y no lo supe hasta que le brindé la oportunidad a Piaget y a Paulo Freire, estaba atenta a lo que tenían que decirme, los clásicos de la educación estaban en mis manos ahora. En ese entonces su lectura me llevó a reflexionar sobre la educación y el proceso del estudiante para el aprendizaje, al instante llegó a mi cabeza “¿leer te hace culta?” Cultísima entendiendo el término que propone la RAE:

Dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción”.

A mis dieciocho años hablaba sobre los “estadíos del desarrollo cognitivo” y los comprendía. Pude entender las bases que muchos pedagogos necesitan tener en cuenta para respetar el aprendizaje de sus estudiantes, claro que me sentí culta. Y aquí reparo en el tipo de lectura del que uno se hace adepto, si la definición de culto proviene de la cultura, pues cada texto de tipo que sea te lleva a la propia cultura de donde proviene.

Al terminar la carrera había leído muchos clásicos con un sentido preciso del contexto en el que se desarrollaron, entre mis favoritos estarían “Dioses y Hombres de Huarochiri” de Francisco de Ávila, “La Divina Comedia” de Dante Aliguieri, todas las de William Shakespeare (aunque la que más llama mi atención es Macbeth), Madame Bovary (Emma me pareció un personaje crucial en la lucha por la liberación femenina), Naná de Emile Zolá (leer sobre una prostituta de una forma tan real y sin miramientos sociales en un país tan conservador como el mío, fue un detonante). Entonces, ¿leer nos hace libres? En la medida que lo desees y lo permitas SÍ, a mí me liberó el pensamiento, me dilató la estrechez mental, me brindó la capacidad de tener otro punto de vista sobre el mundo, gracias a mis lecturas clásicas he podido entender el real significado de la interculturalidad.

Ayer volví a tomar a Hamlet en mis manos y el “ser o no ser” se me hizo tan necesario en estos momentos de incierto político. He decidido dejar de No Ser y he pasado a Ser el capitán de mis decisiones (políticamente hablando)

Las elecciones en la vida han sido complejas, pero siempre hubo un libro que llegó en el momento justo para hacerme entender que podemos tomarnos el tiempo para leer mientras las ideas se acomodan y el camino aparece, es inevitable que suceda; ya lo diría Víctor Hugo “Ningún ejército puede detener la fuerza de una idea cuando llega a tiempo”.

✌✌✌✌✌✌✌✌✌✌

En conclusión puedo decir que leer es un proceso natural que el ser humano lo transforma en hábito vivencial, de acuerdo a sus necesidad vitales.

Así como el buen alimento le proporciona las mejores nutrientes al cuerpo humano, la buena lectura le proporciona las herramientas necesarias al alma humana para que el hombre pueda defender sus ideas o simplemente creer en ellas.

Leer te hace libre si eso es lo que buscas o al menos te libera de la mirada cuadriculada de la vida.

A veces, los caminos de la vida te llevan hacia un buen libro y como si estuvieras dentro de un video juego hay una posibilidad que gracias a él se abran otras puertas, pases a un siguiente nivel y el juego se haga imparable.

No todos los clásicos tocarán tu corazón, pero la emoción que te brinda la lectura de uno al que has vuelto o ha aparecido en un momento determinado, te llevará a compartirla con una emoción mayor casi comparada con la del primer amor.

Yo leo para abrir mi corazón, para respirar otro espacio y tiempo, para soñar despierta. Leo para recordar quien soy y el largo camino que aún me falta recorrer. El mundo se hace grande y yo con él.

Y tú ¿para qué lees?

por Yeniffer Díaz

Tiempo de Cuentos diciembre 29, 2020

 Y antes de acabar el año, quiero compartirles uno de mis poemas favoritos, uno que estremece mi alma cada vez que vuelvo a él o cada vez que él vuelve a mí. 

La repetición constante utilizada por el gran poeta peruano Jorge Eduardo Eielson en este poema, me genera una reflexión profunda, un grito desesperado que cae al vacío, una duda que resuena en la mente y en el corazón. 

¿Qué puedo yo decir del amor? probablemente nada, por ello mejor sigamos hablando de esta puerta llamada Literatura Peruana.


HE AQUÍ EL AMOR


"He aquí el amor.
Repito:
He aquí el amor.

Pero mejor hablaremos de esta puerta.
Una puerta es una puerta
a la que yo golpeo día y noche,
a la que yo golpeo día y noche,
a la que yo golpeo día y noche.
Y aunque nadie responda,
y aunque nadie responda,
y aunque nadie responda,
el aire es el aire de todos los días,
las plantas son verdes como siempre,
y el mismo cielo esférico me envuelve
lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.

¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
En cambio, esta puerta es indudable;
por ella entro y salgo día y noche
hacia los verdes campos que me esperan,
hacia el mismo cielo esférico y perenne.

¿Pero qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
Mejor sigo hablando de esta puerta. "


Jorge Eduardo Eielson (1924-2006)

Tiempo de Cuentos diciembre 11, 2020

"Érase una oruga tan hermosa, que al verla la lancé lejos en un instante para que su veneno no llegara a tocarme.

La naturaleza es sabia y yo lo sé, mientras más hermosa la creación, más letal es".


Yo

Tiempo de Cuentos octubre 05, 2020

La pasión por el arte oriental junto a la milenaria tradición de contar historias se unen. Soy feliz juntando cuento y papel, tradición e historia. 

Un poema que encuentro por allí me recuerda lo hermoso que es pasar tiempo dedicado a un/a mismo/a. Tómate un tiempo para pensar en ti, para sentirte feliz contigo mismo/a. Ser feliz es una decisión, no hay duda alguna.


MIL ORIGAMI


Soy una ajada pieza de papel.

Para muchos una mano ha moldeado mil formas

a partir de esta pequeña pieza.

No quiero bordes doblados,

porque me desgarro por algunos sitios.

Mis frágiles líneas encajan perfectamente

con la siguiente forma que adopto;

un testimonio de mi maleabilidad.

Porque soy como papel en las manos

de un niño haciendo origami.


Emuobome Jemikalajah




Tiempo de Cuentos junio 22, 2020

Existe una poeta peruana que me estremece la piel cada vez que la leo, ella es Blanca Varela, una de las voces femeninas más importantes de mi país. Su poesía está cargada de fuerza y lleva un ritmo perfecto.



Te invito a conocerla a través de este poema:

Último poema de Junio

Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La
hermosa, la violenta flor del ridículo. Pétalo de carne
y hueso. ¿Pétalos? ¿Flores? Preciosismobienvestido,
muertodehambre, vaderretro.

Se trata simplemente de heridas congénitas y
felizmente mortales.

Luz alta. Bermellón súbito bajo el que despiertas
de pie, caminando a ninguna parte. Pies, absurdas
criaturas sin ojos. No se parecen sino a otros pies.
Y además estas manos y estos dientes, para mostrar-
los estúpidamente sin haber aprendido nada de ellos.

Y encima de todo y todas las cosas, sobre tu propia
cabeza, la aterciopelada corona del escarnio: un som-
brero de fiesta, inglés y alto, listo para saludar lo
invisible.

Rojos, divinos, celestes rojos de mi sangre y de mi
corazón. Siena, cadmio, magenta, púrpuras, carmi-
nes, cinabrios. Peligrosos, envenenados círculos de
fuego irreconciliable.

¿Adónde te conducen? ¿A la vida o a la muerte?
¿Al único sueño?

La flor de sangre sobre el sombrero de fiesta (inglés y alto)
es una falsa noticia.

Revelación. Soy tu hija, tu agónica niña, flamante
y negra como una aguja que atraviesa un collar de
ojos recién abiertos. Todos míos, todos ciegos, todos
creados en un abrir y cerrar de ojos.

El dolor es una maravillosa cerradura.

Arte negra: mirar sin ser visto a quien nos mira
mirar.

Arte blanca: cerrar los ojos y vernos.

Ver: cerrar los ojos.

Abrir los ojos: dormir.

Facilidades de la noche y de la palabra. Obscenidades
de la luz y del tiempo.

Y así, la flor que fue grande y violenta se deshoja y
el otoño es una torpe caricia que mutila el rostro
más amado.

Fuera, fuera ojos, nariz y boca. Y en polvo te conviertes
y, a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.

Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en
el olvido para asaltarme siempre. Eres la esfinge

que finge, que sueña en voz alta, que me despierta. 

Tiempo de Cuentos abril 21, 2020

Hay una escritora española que me fascina: Emilia Pardo Bazán que fue una destacada representante de la Literatura del Realismo junto con Benito Pérez-Galdós.
Quiero compartir contigo, una de sus historias. Disfrútala.

EL FANTASMA

CUANDO estudiaba carrera mayor en Madrid, todos los jueves comía en casa de mis parientes lejanos los señores de Cardona, que desde el primer día me acogieron y trataron con afecto sumo. Marido y mujer formaban marcadísimo contraste: él era robusto, sanguíneo, franco, alegre, partidario de las soluciones prácticas; ella pálida, nerviosa, romántica, perseguidora del ideal. El se llamada Ramón; ella llevaba el anticuado nombre de Leonor. Para mi imaginación juvenil, representaban aquellos dos seres la prosa y la poesía. 

Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana cáscara de huevo, y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono obscuro y caliente a la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma. 


Los señores de Cardona eran ricos y estimados. Nada les faltaba de cuanto contribuye a proporcionar la suma de ventura posible en este mundo. Sin embargo, yo dí en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan distinta complexión moral y física, no podía ser dichoso. Aunque todos afirmaban que a Don Ramón Cardona le rebosaba la bondad y a su mujer el decoro, para mí existía en su hogar un misterio. ¿Me lo revelarían las pupilas color café? Poco a poco, jueves tras jueves, fui tomándome un interés egoísta en la solución del problema. No es fácil a los veinte años permanecer insensible ante ojos tan expresivos, y ya mi tranquilidad empezaba a turbarse y a flaquear mi voluntad. Después de la comida, el señor de Cardona salía; iba al casino o a alguna tertulia, pues era sociable, y nos quedábamos Leonor y yo de sobremesa, tocando el piano, comentando lecturas, jugando al ajedrez o conversando. A veces, las vecinas del segundo bajaban a pasar un ratito; otras estábamos solos hasta las once, hora en que acostumbraba a retirarme, antes de que cerrasen la puerta. Y, con fatuidad de muchacho, pensaba que era bien ridículo que no tuviese D. Ramón Cardona celos de mí. 

Una de las noches en que no bajaron las vecinas,— noche de Mayo, tibia y estrellada,— estando el balcón abierto y entrando el perfume de las acacias a embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbuceaba entrecortadas palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oír las de la dama, y me fue poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso. «Mi único remordimiento, mi único yerro— murmuró acongojada doña Leonor— se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.» Y vi, a la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas obscuras una lágrima lenta... 
 
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El Marqués, a quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir, y a las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente: —No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy a decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos a que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...— porque gusto sería— de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor! Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente. —Veo que no me cree usted— añadió el Marqués entonces.— No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho a suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene a su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo o de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho al señor. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido todo... es decir, nada... pero todo para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, a pedirme cuentas, a querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, a estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., o él me habría matado a mí (no digo que no pudiese suceder). 

Por fortuna no me aturdí, y preguntando a Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que a la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla o en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, a quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro a usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted a saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará a no admirarse casi de nada. Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible. 

No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandy, me dediqué desde aquel punto, no a cortejar a Leonor, sino a observar a Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fui sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, a los lances que pueden originar un error, a las alucinaciones que a veces sufrimos, a los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión a sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara a cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó: —¿ Qué? ¿Ya te han enviado allá a ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura! No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo: —Has de saber que cuando fui a casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado a Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba. 

Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné a la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos a hablar de esto en la vida! Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme a solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.

Gracias Emilia.

Tiempo de Cuentos mayo 14, 2019


TALLER para todos los que desean aprender o revisar la manera de contar una historia.

El sábado 25 de mayo Yeniffer Diaz te espera para compartir contigo herramientas para crear un camino lleno de cuentos.
Quieres saber el costo, lugar, horario o tienes cualquier otra pregunta escribe al correo tiempodecuentosperu@gmail.com o al whatsapp 916 381 226.

INFÓRMATE Y COMPARTE




Tiempo de Cuentos febrero 16, 2018

Hola amigos...

Este viernes 16 de marzo volvemos a las andadas en el Centro Cultural CAFAE-SE. Acompáñanos y sé parte de este momento memorable, recordaremos las historias que nos acompañaron durante nuestra infancia a través de sus pegajosas melodías.

Viernes 16 de marzo - 8pm
Av. Arequia 2985 San Isidro
Pre Venta: 15 soles hasta el 4 de marzo

Evento aquí.


Tiempo de Cuentos noviembre 08, 2017

Arturo Corcuera descansa en paz, gracias por tan maravillosa vida literaria...