Me ha pasado muchas veces tener ideas preconcebidas sobre diversos libros, películas y canciones sin leerlas, verlas o escucharlas. Me ha pasado de pequeña negarme a leer un libro por el grosor, el olor o la apariencia de éste. Me ha pasado sentir el bloqueo de apreciar y emitir mi opinión sobre una obra de arte cuando previo a mi acercamiento hubo una "buena crítica".
-Tienes que leer este libro -dijo mi hermana.
-Tienes que ver esta película, es buenísima -dijo mi
prima.
-Tienes que ver esta serie que es número 1 en el país
-dijo Netflix.
La presión de la respuesta del común consumidor de
cierto tipo de lectura me ha frenado a llegar a ellas. Pero admito también que
en muchos casos me encontré pegada literalmente a un libro, una película o una
canción luego de una incansable lucha porque los aprecie: la estética de la recepción había cumplido su misión, pude confirmar lo que muchos
decían sobre dichas propuestas.
Recuerdo que cuando empecé la carrera de literatura,
un amigo mío me dio de regalo navideño el libro "No me esperen en
abril" de Bryce Echenique (ciertamente sólo me regalaban libros desde que
empecé a estudiar) y emocionada lo empecé a leer porque era una nueva edición y
además era un libro muy recomendado. Demoré 4 meses en leerlo, me costó
muchísimo, las descripciones excesivas que tenía el autor -para mi gusto- eran
tediosas. Lo terminé y determiné que nunca más leería a Bryce, tenía 18 años y
ese era el cuarto libro que había leído completamente en mi vida.
Desde ese momento comentaba a quien me preguntara que
no me gustaban los libros con descripciones exageradas, que me desesperaba
cuando el escritor se detenía cinco páginas a describir un paisaje o un suceso.
Era muy joven y para esa época mis gustos literarios recién se estaban
definiendo. No siempre fue así.
Años después y gracias a mi apertura al mundo mi
concepción sobre los libros descriptivos y Bryce cambió.
Visitar otros países, otras ciudades, conocer diferentes culturas, hicieron que entendiera el ímpetu que había tenido el escritor para intentar que yo viese, a través de sus ojos, los detalles redactados, todo dependía de cuan abiertos se encontraban los míos o cuántas ansias tenía de abrirlos realmente: Mi horizonte de expectativas sobre dichos libros había dado un giro de época y gracias a las nuevas experiencias.
Con el tiempo los libros rechazados fueron aceptados
nuevamente, otros pasaron al cuadernito negro y otros
simplemente llegaron para quedarse por siempre.
Desde entonces participo en algunos clubes de lectura
para re descubrir un libro odiado (incomprendido) o amado en la mirada de
otros, o como dice Iser " hacer conscientes aquellos aspectos del texto
que de otro modo quedarían ocultos en el subconsciente; satisface (o ayuda a
satisfacer) nuestro deseo de hablar sobre lo que hemos leído" (1987: 237).
Cuando empezamos a escribir lo hacemos con la ilusión
del primer lector que somos nosotros mismos, nos enamoramos de nuestro relato y
queremos que el mundo sienta el mismo amor por esos textos. Es un hermoso
sentimiento que debe ser complementado con la responsabilidad que se tiene con
la palabra escrita o expresada oralmente, es decir, hacerse cargo y ser fiel a
lo que queremos transmitir, porque siempre podemos escribir para alimentar a
nuestro lector interno o al externo he aquí la estética de la recepción.
Un día como hoy conmemoramos la intensa lucha que ha tenido la mujer durante muchos años para que se reconozcan sus derechos. Las continuas huelgas promovidas por muchas mujeres trabajadoras de diferentes fábricas en EEUU fueron la respuesta al abuso laboral, las hacían trabajar más de 12 horas al día y con sueldos muy por debajo del promedio.
Es así como surge el movimiento feminista, gracias a todos aquellos levantamientos que se dieron en el mundo en busca del respeto y la igualdad de derechos y oportunidades. La primera victoria en la lucha femenina fue el reconocimiento del 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
Luego vino el derecho al voto femenino, la posibilidad de que la mujer obtenga cargos de responsabilidad que sólo eran otorgados a los hombres en el Estado y en otras entidades, obtuvieron el derecho a la formación educativa y más; pero la lucha sigue hasta que llegue el día en que los abusos se detengan y que podamos vivir en sociedad mundial justa, sin miedo y en verdadera libertad.
Este día nos recuerda, además, que la literatura ha sido una herramienta valiosa para mujeres fuertes y valientes que alzaron su voz a través de sus escritos defendiendo sus ideas. Sus nombres resuenan en los corazones de sus lectores.
Y en este 8M te quiero regalar un poema de la vate peruana de este lunes, ella es Carmen Ollé. Conoce su poder femenino a través de su poesía.
Las personas creen en la sabiduría
A los cuarenta estoy con un palmo de nariz.
Me apena haber leído tanto y no haber consumado
el placer. Regenta de mi cuerpo, de esta piel bajo
la que fluye el aceite.
Nada a mi alrededor, sólo una hija tierna
-benignos otoños-
Finjo lo que no sé, soy una actriz, mi trabajo
es perverso. He amado menos de lo que supe amar,
en las tardes es el silencio; de noche, el silencio
y el sueño.
Esta semana he reflexionado sobre el placer profundo que produce la lectura, pero no sólo la que te propone un texto sino la que te brinda la vida.
Hace
unos meses atrás conversaba con un reconocido escritor peruano sobre la labor
que tenemos los docentes de extrapolar el termino leer. Es decir, no sólo debemos referirnos a los
textos cuando de leer se habla, sino también podemos leer la vida, los hechos,
las pinturas, el cine, las expresiones.
Es
aquí donde descubro que soy una lectora total: yo cuento cuentos y vivo creando
mundos fantásticos cuando leo una historia, luego leo los rostros de mis
escuchas y el cuento cobra vida, crece; esa lectura cambia dependiendo del
lugar, el tiempo y de quién lo escucha. Estas anécdotas las relacioné con
las diferentes concepciones que algunos tienen al leer el Quijote. Mis estudiantes de
aquel entonces, sin ir muy lejos, sólo mostraban rostros de fastidio al empezar
a hablar de él. Se me ocurrió cambiar la estrategia de acercamiento con
estos muchachos, hice una canción y relacioné mi adolescencia solitaria con la soledad de
Alonso Quijano. La disposición para revisar el libro de Cervantes cambió y se
identificaron con algunos pasajes que yo no recordaba e hicimos conversatorios
interesantes sobre el Quijote, puedo decir que nuestras percepciones se
complementaron cuando le dimos vida al cuento.
Luego
Jorge Volpi en su libro Leer la mente, me brinda las frases
puntuales y necesarias para entender lo que leo sobre la situación de mi país: “todos
podemos ser otros mientras leemos y vivimos”. Somos seres de ficción, nos
involucramos con el corazón efervescente en las actividades que requieran
nuestra fuerza y lo hacemos desde el inicio de la humanidad, estoy totalmente
de acuerdo.
La
primera vez que leí un libro completo lloré tanto, primero porque me lo regaló
mi hermana que era una villana conmigo. Me sentí amada con el regalo, luego
seguí llorando, porque el personaje principal del libro sufría tanto como yo,
en ese momento me convertí en su defensora. A los 15 años leí mi primer libro
completo gracias a mi hermana, antes de esa edad solía leer por obligación,
para pasar el curso de literatura, no había encontrado nada que llamara mi
atención hasta que llegó aquel regalo.
Desde
ese entonces soy pura ficción, lucho contra la dura realidad cuando es muy dura
y también utilizo la realidad para convertirla en una buena historia de ficción
cuando comparto un cuento o el amor por un libro con otros.
Desde los dieciséis soy una lectora apasionada y voraz, consumo muchos cuentos (como parte de mi trabajo) y mucha teoría literaria para comprender más mi labor. También leo la vida y el paisaje que me acompaña. Me considero una animadora a la lectura, porque trabajo en medio de niños y jóvenes que detestan leer, vuelvo a ser niña cuando comparto una historia con aquellos que no sabían que nuestro país nació siendo oral y que somos ricos en esa tradición.
La lectura es vida para mí desde todas las vertientes y aristas que me lo permiten.
Y LUEGO DE ESTA REFLEXIÓN,
UNA LECTURA PROPONGO YO
TÓMATE UN TIEMPO EN ESTA VIDA
DISFRUTA EL CUENTO, PONLE EMOCIÓN.
Lectura recomendada para esta semana:
Mi planta de naranja Lima de José Mauro de Vascolcelos
Una reflexión lectora para ti
Lo escuché tantas veces que hasta me lo creí. Pero, ¿realmente estas frases son ciertas? ¿Estas frases generan una conciencia de importancia de la lectura? ¿La lectura es importante en la vida del ser humano? Puede que sí y puede que no. Veamos algunos hechos a partir de mi experiencia que nos pueden dar luz sobre estas clásicas cuestiones.
Durante la etapa escolar he leído muy poco, si a cuentos y novelas se refiere. Los profesores de aquel tiempo nos hacían copiar grandes textos que escribían en las pizarras y luego nos brindaban una serie de preguntas para investigar en libros que todos teníamos en casa: las grandes enciclopedias que reunían todos los temas que te brindaba la escuela.
Mi mamá invirtió en comprar algunos de estos libros grandes muy reconocidos a nivel mundial los “Espasa Calpe” que traían muchísima información de diferentes especialidades y una podía buscar tranquilamente los datos necesarios. Hacía mi tarea, lo presentaba y luego debía memorizar todo para el examen de final de semestre. Esta rutina se repitió durante muchos años incluyendo, además, los resúmenes de los clásicos de la literatura que no eran obligatorios leer completos. Repetición sin comprensión
Tuve una profesora de literatura que fue un ejemplo para mí desde el primer día de clases, me incentivó la lectura de cuentos y la poesía, recitábamos mucho a su lado, porque era fanática de la voz en alto. Antes de terminar la escuela se fue y pusieron en su lugar a otra profesora que realmente me daba miedo. Ella nos obligó a leer el Mío Cid, Hamlet, La Palabra del Mudo (algunos cuentos) y Crimen y Castigo. Era mi último año en la escuela y leía con miedo, era mi último año y odiaba al mundo, era mi último año y mi rebeldía lectora explotaba.
Me preguntaba, ¿leer te hace una persona de bien? ¿cómo podía ser eso posible?
Esa profesora que pasaba largas horas con nosotras, había leído muchos libros y humillaba a sus estudiantes a diario, como podía ser una persona de bien. Mi rechazo a la lectura tenía nombre y apellido: Marcela Beteta.
Luego de un año ocurrió el incidente con mi hermana, ella me regaló un libro y sólo lo leí porque me lo había dado ella, era un clásico de la Literatura Juvenil de aquel entonces, “mi planta de naranja lima” que tocó todas las vértebras de mi ser (mientras escribo este ensayo entiendo el porqué de mi afición por el recuerdo de este libro); en ese entonces me sentía como Zezé: desprotegida por la autoridad familiar, política y social de mi país. Era muy joven para llegar a esos razonamientos a esa edad.
Al salir de la escuela estaba perdida en el mundo real, una prima mía me pidió que nos inscribiéramos en un instituto pedagógico para convertirnos en profesoras, yo insistía en que esa idea era una locura, pero a fuerza de argumentos razonables típicos de la edad -“acompáñame a estudiar en ese lugar, si no estás haciendo nada de tu vida, haz nada conmigo”- accedí.
Ella quería estudiar docencia en la especialidad de literatura y eso sí que no quería, lo rechacé al instante. Yo postularía a la especialidad de ciencias sociales, porque sentía que la historia tenía más sentido para mí. Ese año no hubo ingresos para esa especialidad, así que terminé postulando a Literatura para acompañar el proceso vocacional de mi prima.
Ingresé con pocas ganas, pero fue lo mejor que me pudo pasar. El lugar estaba destinado a que leyera todo lo que llegaba a mis manos y a mi vista. La educación era mi pasión y no lo supe hasta que le brindé la oportunidad a Piaget y a Paulo Freire, estaba atenta a lo que tenían que decirme, los clásicos de la educación estaban en mis manos ahora. En ese entonces su lectura me llevó a reflexionar sobre la educación y el proceso del estudiante para el aprendizaje, al instante llegó a mi cabeza “¿leer te hace culta?” Cultísima entendiendo el término que propone la RAE:
“Dotado de las calidades que provienen de la cultura o instrucción”.
A mis dieciocho años hablaba sobre los “estadíos del desarrollo cognitivo” y los comprendía. Pude entender las bases que muchos pedagogos necesitan tener en cuenta para respetar el aprendizaje de sus estudiantes, claro que me sentí culta. Y aquí reparo en el tipo de lectura del que uno se hace adepto, si la definición de culto proviene de la cultura, pues cada texto de tipo que sea te lleva a la propia cultura de donde proviene.
Al terminar la carrera había leído muchos clásicos con un sentido preciso del contexto en el que se desarrollaron, entre mis favoritos estarían “Dioses y Hombres de Huarochiri” de Francisco de Ávila, “La Divina Comedia” de Dante Aliguieri, todas las de William Shakespeare (aunque la que más llama mi atención es Macbeth), Madame Bovary (Emma me pareció un personaje crucial en la lucha por la liberación femenina), Naná de Emile Zolá (leer sobre una prostituta de una forma tan real y sin miramientos sociales en un país tan conservador como el mío, fue un detonante). Entonces, ¿leer nos hace libres? En la medida que lo desees y lo permitas SÍ, a mí me liberó el pensamiento, me dilató la estrechez mental, me brindó la capacidad de tener otro punto de vista sobre el mundo, gracias a mis lecturas clásicas he podido entender el real significado de la interculturalidad.
Ayer volví a tomar a Hamlet en mis manos y el “ser o no ser” se me hizo tan necesario en estos momentos de incierto político. He decidido dejar de No Ser y he pasado a Ser el capitán de mis decisiones (políticamente hablando)
Las elecciones en la vida han sido complejas, pero siempre hubo un libro que llegó en el momento justo para hacerme entender que podemos tomarnos el tiempo para leer mientras las ideas se acomodan y el camino aparece, es inevitable que suceda; ya lo diría Víctor Hugo “Ningún ejército puede detener la fuerza de una idea cuando llega a tiempo”.
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En conclusión puedo decir que leer es un proceso natural que el ser humano lo transforma en hábito vivencial, de acuerdo a sus necesidad vitales.
Así como el buen alimento le proporciona las mejores nutrientes al cuerpo humano, la buena lectura le proporciona las herramientas necesarias al alma humana para que el hombre pueda defender sus ideas o simplemente creer en ellas.
Leer te hace libre si eso es lo que buscas o al menos te libera de la mirada cuadriculada de la vida.
A veces, los caminos de la vida te llevan hacia un buen libro y como si estuvieras dentro de un video juego hay una posibilidad que gracias a él se abran otras puertas, pases a un siguiente nivel y el juego se haga imparable.
No todos los clásicos tocarán tu corazón, pero la emoción que te brinda la lectura de uno al que has vuelto o ha aparecido en un momento determinado, te llevará a compartirla con una emoción mayor casi comparada con la del primer amor.
Yo leo para abrir mi corazón, para respirar otro espacio y tiempo, para soñar despierta. Leo para recordar quien soy y el largo camino que aún me falta recorrer. El mundo se hace grande y yo con él.
Y tú ¿para qué lees?
por Yeniffer Díaz
Y antes de acabar el año, quiero compartirles uno de mis poemas favoritos, uno que estremece mi alma cada vez que vuelvo a él o cada vez que él vuelve a mí.
La repetición constante utilizada por el gran poeta peruano Jorge Eduardo Eielson en este poema, me genera una reflexión profunda, un grito desesperado que cae al vacío, una duda que resuena en la mente y en el corazón.
¿Qué puedo yo decir del amor? probablemente nada, por ello mejor sigamos hablando de esta puerta llamada Literatura Peruana.
HE AQUÍ EL AMOR
"He aquí el amor.
Repito:
He aquí el amor.
Pero mejor hablaremos de esta puerta.
Una puerta es una puerta
a la que yo golpeo día y noche,
a la que yo golpeo día y noche,
a la que yo golpeo día y noche.
Y aunque nadie responda,
y aunque nadie responda,
y aunque nadie responda,
el aire es el aire de todos los días,
las plantas son verdes como siempre,
y el mismo cielo esférico me envuelve
lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.
¿Pero, qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
En cambio, esta puerta es indudable;
por ella entro y salgo día y noche
hacia los verdes campos que me esperan,
hacia el mismo cielo esférico y perenne.
¿Pero qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
¿Qué puedo yo decir del amor?
Mejor sigo hablando de esta puerta. "
La pasión por el arte oriental junto a la milenaria tradición de contar historias se unen. Soy feliz juntando cuento y papel, tradición e historia.
Un poema que encuentro por allí me recuerda lo hermoso que es pasar tiempo dedicado a un/a mismo/a. Tómate un tiempo para pensar en ti, para sentirte feliz contigo mismo/a. Ser feliz es una decisión, no hay duda alguna.
MIL ORIGAMI
Soy una ajada pieza de papel.
Para muchos una mano ha moldeado mil formas
a partir de esta pequeña pieza.
No quiero bordes doblados,
porque me desgarro por algunos sitios.
Mis frágiles líneas encajan perfectamente
con la siguiente forma que adopto;
un testimonio de mi maleabilidad.
Porque soy como papel en las manos
de un niño haciendo origami.
Emuobome Jemikalajah
Existe una poeta peruana que me estremece la piel cada vez que la leo, ella es Blanca Varela, una de las voces femeninas más importantes de mi país. Su poesía está cargada de fuerza y lleva un ritmo perfecto.
Último poema de Junio
Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La
hermosa, la violenta flor del ridículo. Pétalo de carne
y hueso. ¿Pétalos? ¿Flores? Preciosismobienvestido,
muertodehambre, vaderretro.
Se trata simplemente de heridas congénitas y
felizmente mortales.
Luz alta. Bermellón súbito bajo el que despiertas
de pie, caminando a ninguna parte. Pies, absurdas
criaturas sin ojos. No se parecen sino a otros pies.
Y además estas manos y estos dientes, para mostrar-
los estúpidamente sin haber aprendido nada de ellos.
Y encima de todo y todas las cosas, sobre tu propia
cabeza, la aterciopelada corona del escarnio: un som-
brero de fiesta, inglés y alto, listo para saludar lo
invisible.
Rojos, divinos, celestes rojos de mi sangre y de mi
corazón. Siena, cadmio, magenta, púrpuras, carmi-
nes, cinabrios. Peligrosos, envenenados círculos de
fuego irreconciliable.
¿Adónde te conducen? ¿A la vida o a la muerte?
¿Al único sueño?
La flor de sangre sobre el sombrero de fiesta (inglés y alto)
es una falsa noticia.
Revelación. Soy tu hija, tu agónica niña, flamante
y negra como una aguja que atraviesa un collar de
ojos recién abiertos. Todos míos, todos ciegos, todos
creados en un abrir y cerrar de ojos.
El dolor es una maravillosa cerradura.
Arte negra: mirar sin ser visto a quien nos mira
mirar.
Arte blanca: cerrar los ojos y vernos.
Ver: cerrar los ojos.
Abrir los ojos: dormir.
Facilidades de la noche y de la palabra. Obscenidades
de la luz y del tiempo.
Y así, la flor que fue grande y violenta se deshoja y
el otoño es una torpe caricia que mutila el rostro
más amado.
Fuera, fuera ojos, nariz y boca. Y en polvo te conviertes
y, a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.
Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en
el olvido para asaltarme siempre. Eres la esfinge
Hay una escritora española que me fascina: Emilia Pardo Bazán que fue una destacada representante de la Literatura del Realismo junto con Benito Pérez-Galdós.
Quiero compartir contigo, una de sus historias. Disfrútala.
Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana cáscara de huevo, y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del mismo tono obscuro y caliente a la vez que el café, se fijaban en mí de un modo magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.
Una de las noches en que no bajaron las vecinas,— noche de Mayo, tibia y estrellada,— estando el balcón abierto y entrando el perfume de las acacias a embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y resolví declararme. Ya balbuceaba entrecortadas palabras, no precisamente de pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oír las de la dama, y me fue poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza, la narración de un episodio amoroso. «Mi único remordimiento, mi único yerro— murmuró acongojada doña Leonor— se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.» Y vi, a la luz de los brilladores astros, que se deslizaba de las pupilas obscuras una lágrima lenta...
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal resolución. El Marqués, a quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en artístico fumoir, y a las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente: —No me sorprende el paso que usted da, pero le ruego que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy a decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos a que esa señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto...— porque gusto sería— de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor! Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el tono de sinceridad absoluta del Marqués, yo puse cara escéptica, quizás hasta insolente. —Veo que no me cree usted— añadió el Marqués entonces.— No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra, pero ni usted ni nadie tiene derecho a suponer que soy hombre que rehuye, por medio de subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene a su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo o de otro, consulte... al señor de Cardona. He dicho al señor. No me mire usted con esos ojos espantados... Oigame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etc. Bajo el influjo de ilusorios remordimientos, le ha contado á su marido todo... es decir, nada... pero todo para ella; y el marido ha venido aquí, como usted, sólo que más enojado, naturalmente, a pedirme cuentas, a querer beber mi sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, a estas horas pesa sobre mi conciencia el asesinato de Cardona..., o él me habría matado a mí (no digo que no pudiese suceder).
Por fortuna no me aturdí, y preguntando a Cardona las épocas en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que a la sazón me encontraba yo en París, en Sevilla o en Londres. Con igual facilidad le probé la inexactitud de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esa señora, a quien después he procurado conocer (por la memoria de mi madre le juro a usted que antes, ni de vista...!), sufre alguna enfermedad moral..., y ha tenido una visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro ¡vaya usted a saber por qué! ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará a no admirarse casi de nada. Salí de casa del marqués en un estado de ánimo indefinible.
No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones del dandy, me dediqué desde aquel punto, no a cortejar a Leonor, sino a observar a Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle hablar, y fui sacando, hilo por hilo, conversaciones referentes á la fidelidad conyugal, a los lances que pueden originar un error, a las alucinaciones que a veces sufrimos, a los estragos que causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión a sus conquistas... Y entonces Cardona, mirándome cara a cara, con gesto entre burlón y grave, preguntó: —¿ Qué? ¿Ya te han enviado allá a ti también? ¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura! No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo: —Has de saber que cuando fui a casa del marqués de Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado a Leonor siempre, porque la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me enterase, los delitos de que se acusaba.
Comprendí que se trataba de una fantasmagoría, de un sueño, y me resigné a la hipótesis de una falta imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento la sirve de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo, nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos a hablar de esto en la vida! Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité quedarme a solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus obscuros ojos, nublados por la quimera.
Gracias Emilia.








