Yeniffer Díaz marzo 28, 2010

 
Había una vez una princesa, la verdad es que siempre han habido princesas, pero ésta era la más hermosa de todas. 

Ella vivía en un castillo muy grande. Tenía todo lo que cualquier humano hubiese querido poseer: lindas joyas, grandes trajes, gran cantidad de sirvientes y el cumplimiento de cada uno de los caprichos que poseía. 

El día en que cumplía trece años sus padres decidieron hacerle una gran fiesta, sin embargo ella solo decía -¡Qué aburrido!-; le trajeron trapecistas, magos y payasos, pero la princesa solo repetía -¡Qué aburrido!-; invitaron a los mejores músicos para divertir a la princesa, pero ella solo decía -¡Qué aburrido! Entonces, apareció un enano, un enano de lo más feo que daba muchos brincos y hacía sinnúmero de piruetas en el aire. Saltaba, reía, cantaba sin cesar. 

El enano era todo un acontecimiento. La princesa inmediatamente se puso de pie y empezó a reí y a aplaudir: -Bravo, Bravo- y el enano, alagado y contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido. -"Sigue saltando, por favor" -dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos..... Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla, quería decirle lo mucho que la amaba. Estaba completamente convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque: -"Ella no es feliz aquí. Yo la cuidaré y la haré reír siempre"- pensaba el enano. 

El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes. Era un ser totalmente desagradable. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que estaba mirando un espejo y que aquel monstruo era él mismo, reflejado. En ese momento entró la princesa con su séquito. -"Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor". Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. 

El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. -"Ya no bailará más para vos, princesa"- le dijo. "¿Por qué?" preguntó la princesa. -"Porque se le ha roto el corazón". Y la princesa contestó: "De ahora en adelante, todo aquel que venga a palacio, que no tenga corazón".

Yeniffer Díaz marzo 05, 2010

 
Hoy he meditado sobre estos días de ausencia y sumergida en las implacables garras del conformismo y la ignorancia, llegaron a mí una serie de interrogantes que continuamente me hago sin encontrar respuestas que me alejen de esos vagos pensamientos. 


Entonces me pregunto ¿qué hace diferente a un hominido peruano de uno extranjero? ¿Qué hace que nosotros dependamos del castigo para entender el respeto a las leyes? ¿Por qué la gente comete injusticias a diario y no hacemos nada para detenerlo? ¿Por qué sonreímos sínicamente ante ideas que otros proponen cuando no estamos de acuerdo con lo que piensan, pero nos da vergüenza expresar nuestra opinión? ¿Por qué somos tan inseguros a la hora de tomar decisiones haciendo de nuestra vida una continua dependencia? ¿Qué necesitamos para amanecer con ganas de ser mejores que el día anterior? Difícil eh? siempre las mismas preguntas y siempre el ausentismo general. 

Espero que mañana sea diferente que hoy, eso tengo que hacer, simplemente esperar...