Yeniffer Díaz febrero 17, 2011


El panadero era tacaño; no tiraba ni un mendrugo de pan. Pero su hija era peor todavía. No sólo era roñosa,  sino que, además, sonreía afectadamente y adulaba a los ricos, e insultaba a los pobres.


Una noche un hada pasó por allí. Recogió algunas ropas viejas que durante mucho tiempo habían servido a su dueña y habían sido dejadas para el trapero. Se las puso. Presionó las palmas de sus manos contra el polvoriento rostro de la calle y se restregó las mejillas.
Después, la mujer entró en la panadería casi arrastrándose. El panadero había salido, y su hija miró a la mujer y se echó el bonito pelo hacia atrás.
- ¿Sí? -dijo.
- ¿Podrías darme un poco de masa? -pidió la mujer.
- ¿Masa? -exclamó la muchacha-. ¿Por qué debería hacerla? Si le doy masa a cada persona que cruza esa puerta, no me quedaría nada. ¿No es cierto?
La mujer bajó la cabeza.
- No tengo dinero. -murmuró.
- ¿Y de quién es la culpa? -preguntó la muchacha.
- No tengo nada que comer.
La muchacha pellizcó un pequeño trozo de masa de un montón harinoso y blanducho desparramado en la mesa detrás de ella.
- ¡Y piensa que tienes suerte! –dijo, y metió el trozo en el horno, sobre la rejilla que estaba debajo de sus bandejas de hogazas bien moldeadas.
Cuando abrió de nuevo el horno, vio que la masa de la mujer había subido hasta convertirse en la hogaza más grande.
- No voy a darte ésa -dijo la muchacha-, si es eso lo que crees.
Volvió a pellizcar otro trozo de masa, no más grande que la mitad del primer pedazo pequeño.
- Tendrás que esperar. -dijo la muchacha. y lo metió de un empujón en el horno, debajo de otra hornada de sus propias hogazas.
Pero este trozo de masa creció incluso más que el primero, y la segunda hogaza era más grande que la primera.
   - ¿Pero qué es esto? -exclamó la muchacha- ¡Eso sí que no!
 La hija del panadero volvió a echarse el pelo hacia atrás, llena de rabia, y arrancó un tercer pedazo de masa, más pequeño que un dedo pulgar. Lo metió de un empujón en el horno, debajo de una hornada de pasteles, y cerró la puerta de un portazo.
Al cabo de un rato, la muchacha se volvió para abrir el horno de nuevo. Detrás de ella, mientras tanto, la mujer se quitó las raídas ropas. Allí estaba, en la panadería, alta, blanca y resplandeciente.
Cuando la muchacha abrió el horno, vio cómo el tercer pedazo de masa había crecido de tal forma que era la hogaza más grande de las tres.
La muchacha se quedó mirando la hogaza fijamente. Sus ojos se abrieron, muy redondos y muy grandes.
   - ¿Por qué...? –dijo, volviéndose hacia la mendiga-, por qué, quién, oh, uh...
   - ¡Uh, oh! -gritó el hada-. ¡Uh, oh! Eso es todo lo que dirás a partir de ahora.
La muchacha se encogió de miedo, al otro lado del mostrador.
   - ¡Uh, oh! -gritó el hada-. Este mundo te ha soportado ya demasiado tiempo, a ti y a tus desprecios e insultos.
Entonces levantó su varita y golpeó con ella el hombro derecho de la muchacha.
Inmediatamente, la hija del panadero se convirtió en un búho. Salió volando por la puerta, ululando y se internó en las oscuras distancias de la noche.