Yeniffer Díaz enero 19, 2011


Hace muchos años, una mata de queshque había crecido en la falda de un cerro lleno de piedras, allá bien, bien lejos, en el que no se veía ni una hierbita. Pero ¿qué es un queshque? Es aquello que nosotros conocemos como cactus, y que en aquel tiempo no tenía espinas como las tiene ahora.


En aquel lugar no había ni una gota de agua pues  la lluvia aparecía una que otra vez, a pesar de eso la planta se hallaba siempre verdecita y el interior de sus gruesas hojas estaba constantemente lleno de un líquido blanco y de una pasta muy suave.

Todos los días pasaban junto al cerro rebaños de llamas, vicuñas y alpacas y cuando tenían sed se acercaban al queshque y mordían sus anchas hojas para refrescarse con su jugo. Claro está que al pobre le causaban dolor los mordiscos que le daban y decía:
    -¡Si tuviera con qué defenderme de los dientes de estos animales!

Se hallaba una tarde muy tranquilo, cuando de pronto a lo lejos oyó un ruido que venía de la cumbre del cerro.
Queshque: Oh que locura, eso que viene de allá arriba es una zorra y una gran piedra, están bajando muy rápido.

La piedra llevaba la delantera y el animal iba tras ella, estirando las patas lo más que podía.

Zorra: ¡No me has de ganar!
Piedra: ¡Anda, palangana; si ya no puedes más, estás con la lengua afuera!

Esto lo decía dando vueltas y botes entre las rocas, bajaba a cada instante con mayor rapidez, dejando atrás a su contrincante. De repente oyó el queshque que lo llamaban:
-¡Tío queshque, tío queshque!
Puso atención y se dio cuenta de que la voz era de la zorra.

Queshque: ¿Qué quieres?
Zorra: Tío queshque, hazme un favor, ataja la piedra y yo en pago te regalaré mis uñas.
Queshque: "¿Uñas?". Pero si eso era precisamente lo que necesitaba. ¡Uñas para poder defenderme de las llamas, las vicuñas y las alpacas que me muerden todo el día sin compasión! Enseguida te voy a ayudar.

La piedra se le aproximaba más a cada rato, dando salto tras salto. La planta esperó que se le acercara lo suficiente y cuando ya la tenía a corta distancia, estiró cuanto pudo sus largas hojas, ni más ni menos que si fueran brazos, y la atajó sujetándola fuertemente.

Mientras tanto la zorra había ido avanzando. Pasó junto a la piedra, la cual estaba prisionera sin poder moverse, y llegó al pie del cerro, que era la meta de la carrera. Una vez allí levantó la cabeza y comenzó a gritar fuertemente:
Zorra: ¡Piedra, piedrucha, te gané!

Mientras tanto la piedra trataba de soltarse, pero la planta la sujetaba con firmeza.

Zorra: ¡Todavía no la dejes libre!, tío queshque. Espera que me ponga a salvo; como me alcance, en venganza me da un machucón que me deja muerta en el sitio. ¡Gracias!

Y diciendo estas palabras partió a correr de nuevo, atravesó unos matorrales y se escondió en una cueva.

Cuando el queshque vio que el animal se encontraba ya a salvo, aflojó los brazos y soltó la piedra que gritándole mil insultos se fue a perder detrás de unos cerros. Entonces la planta sintió algo raro. Se miró y vio que en los bordes de las hojas le habían crecido cientos de espinas parecidas a las uñas de la zorra. 

Desde aquel día la zorra y el queshque son grandes amigos.