Yeniffer Díaz septiembre 06, 2012

Hace mucho tiempo, una horda de paseadores de pucho conformada en su mayoría por adolescentes, viene asolando la ciudad.

Nadie se ha percatado de su presencia, nadie repara en el daño causado a la humanidad. Ese daño que es el reflejo de la insensibilidad propia del hombre.


Hace más de un año he podido percatarme de este increible crecimiento, tal vez yo también he pertenecido, en algún momento, a las filas de tan terrible logia, nunca me imagine el gran daño que causan a la población en general. Empieza con una moda y termina con una costumbre. Los he visto, no se dan cuenta de nada. Ellos caminan totalmente individualizados, no miran a lado ni atrás, viven el momento y a veces solo lo hacen por simple pose.


Cuando quedé embarazada me llené de dudas, que si sería buena madre, que si esta sería una buena época, que si mi vida cambiaría, que si dejaría de interesar a mi esposo, que si muchas cosas más. Eso duró una temporada, luego apareció la época del disgusto por mínimas cosas, todo me molestaba, incluso la presencia de muchas personas. A ese momento se juntó el de la intolerancia a las cosas específicas como el odio a la cebolla, a la maracuyá o a la carapulcra y sobre todas las cosas, odié con locura a los cigarros, el olor, su presencia, todo ello, me generaban una repulsión.

El tiempo pasó, nació mi hija y la aversión al cigarro aún continúa su rumbo. En los tiempos del descubrimiento de este fatal enemigo fijé mi mirada en esa gran cantidad de parásitos que rodeaban mi espacio en un sinnúmero de oportunidades, su continuo paseo de cigarros encendidos que no eran consumidos sólo exhibidos me alteraban aún más. Fue allí donde le declaré una guerra muy directa a los denominados "paseadores de pucho".

Cuando una persona ingresa a la sociedad tiene reglas que cumplir, formar parte de un grupo humano a veces es muy complicado para algunos y ser aceptados dentro de un grupo determinado nos puede costar algunos sacrificios para no sentirnos fuera de lugar. El adolescente pasa por problemas así a diario, la lucha constante por ser aceptado en el colegio, en la academia o en la universidad  hace que se viva con cierta presión por satisfacer las ansias de cualquiera que lidera una agrupación emergente en la vida de cada uno.

El aprender a fumar se toma como una regla tácita para todos aquellos que ingresan a la pubertad. Fumar, para muchos adolescentes, es un logró, sienten que con esto el éxito está asegurado y el grupo al que anhelan ingresar los aceptará sin dudar (todo esto funciona tácitamente, nadie dice nada, todo está determinado por la sociedad).

 Ahora viene la relación con mi observación. Al pasar por el momento del odio a los cigarros en mi etapa embarazosa, me di cuenta de que aquella plaga crecía en proporsionalidad con mi intolerancia. Esa masa que sacaba a pasear cigarros y no los fumaba. Son muchos los que, en la actualidad, van por la vida encendiendo cigarros para luego dejarlos consumirse a gran escala sin casi haberles dado una pitada, de esta manera nos han estado obligando a recibir esa oleada innecesaria de humo.

Los paseadores de pucho están en la mira, su destino está marcado. Llegará el día en que aquellos adolescentes y adultos paseadores de pucho dejarán de serlo, porque se darán cuenta que la pose cigarrera pasará de moda y tendrán que definirse, fríos o calientes, no tibios. En pocas palabras, si alguien quiere fumar que lo haga, pero que se lo fume todo o simplemente que lo apague y lo prenda cuando si tenga ganas de fumar.

Si han sido paseadores de pucho sin haberse dado cuenta, están a tiempo de convertirse. Les dejo una recomendación "Paseen un lápiz, se ve más intelectual, se ve interesante..."