Yeniffer Díaz diciembre 05, 2011

Hace un año conocí a una pareja maravillosa de italianos, tuve el placer de ser su profesora de español y pasé una parte de mi embarazo dictándoles la clase, el tiempo pasó y tuvieron que partir a cumplir una misión sin igual en Barranca. Allá ellos ayudan a los que más lo necesitan.

Hace unos meses nos volvimos a ver, vieron a mi pequeña algo crecida y disfrutamos una tarde linda llena de agradables anécdotas. Fue así como acordamos hacer alguna actividad en Barranca para fin de año juntando nuestros poderes (sus dones de servicio y mis dotes artísticos).

Llegada la fecha el acuerdo se concretó, partimos de Lima el sábado a las 4.35 de la tarde y después de un viaje de cuatro horas con una bebé de 8 meses, llegamos al fin a las 8 creo, muy cansados y algo hambrientos; agradecimos al universo encontrar unos asientos maravillosos que nos hicieron agradable el viaje (por cierto, nadie sabe como llegaron esos asientos a ese bus, nadie nos supo contestar en la agencia pues los buscábamos con desesperación para la vuelta, pero al parecer fue una alucinación de nuestra parte. Bendita alucinación).

Pasamos una noche espléndida en la compañía de nuestros amigos y la mañana nos recibió con un espléndido y salvaje sol, así empezó la jornada llenando la combi y el carrito que nos llevaría a un poblado lleno de niños que salían de todas partes y se desplazaban con movimientos dantescos repletos de entusiasmo y rebosantes de esperanza.

Allí estábamos nosotros: bebé feliz que sonreía al ver a aquellos niños que recorrían su vista, marido maravilloso metido en la causa con muchas ansias de colaborar en todo y una narradora lista para compartir con esos maravillosos personajes las historias que había llevado y que hubo de maravillar a todos los que la rodearon y se deleitaron del espectáculo. Bella oportunidad de regalar cuentos a aquellos que tienen la imaginación a flor de piel, cuentos aptos para todo aquel que abre su mente y corazón y se permite explorar el camino de la fantasía.

La participación de los asistentes en cada una de las historias permitió que aquéllos mantuvieran la atención y se dejaran llevar por el camino que los hizo conocer al famoso genio del ayayay, el cuento continuó su camino de la mano de un pollito que lo único que quería era su medio real. El lobo que ideó una manera fácil de obtener comida los cautivó, en conclusión, los introdujo completamente en el fabuloso camino de la narración oral a veces denominado como el arte de la cuentería.

Experiencia inolvidable que nos llevó a empezar un ritual que se repetirá cada año con quien esté dispuesto a brindar ayuda a los que realmente lo necesitan.

La ruta de los cuentos nos lleva hacia un lugar imposible de describir, pero factible de vivir en él.