Yeniffer Díaz agosto 04, 2010

Nunca entendió lo que pasó aquella mañana, pero los sucesos que procedieron al gran acontecimiento lo marcaron para siempre, haciendo, desde aquel momento, su vida diferente.


Se despertó esa mañana entre nubes con una angustia que apretaba su pecho, salió como un rayo de su cama y con gran dificultad se puso de pie, miró con gran detalle a su alrededor y se vio en medio de un cuarto que, como lo contaría luego, no tenía nada de parecido con el suyo. Su cama se presentaba como tres grandes cojines, la habitación se veía espaciosa y los tocadores estaban llenos de velas encendidas que llevaban imágenes diversas en el exterior.

Sintió miedo, permaneció dos minutos totalmente inerte, su respiración aumento de una forma instantánea. Al no entender lo que pasaba decidió armarse de valor y salir a inspeccionar el extraño recinto donde había aparecido. Caminó sigilosamente imaginando miles de situaciones, entre ellas la aparición de seres monstruosos que lo lastimarían.

Abrió las cortinas que dividían la habitación y ante sus ojos se presentó un lugar maravilloso jamás creado en sus innumerables juegos, un lugar que desprendía frescura y libertad. Sintió un poco de confianza y con firmeza caminó por los alrededores. Toda aquella ilusoria imagen se repetía constantemente y dejó de sentir miedo. Aún seguía pensando en la razón por la que se encontraba en aquel ficticio lugar.

La tranquilidad no le duró mucho tiempo, comenzó a ver vida en el paraje y su primera visión fue observada con terror, se veía una cruel matanza; un viejo roble estiraba sus raíces y aplastaba con furia los nidos que se había formado en sus ramas, las crías caían rápidamente debido al vertiginoso movimiento que producía el malvado árbol. Quiso intervenir, pero el miedo pudo más que sus ganas. Asustado corrió lejos de esa escena y se refugió en una cueva muy bien alumbrada que tenía un riachuelo al lado. Las flores que se encontraban en la rivera tenían formas y colores sorprendentes, olvidó por un instante el suceso anterior y se acercó a oler el perfume que emanaban sus pétalos; estaba encantado con su nueva imagen y se echó en el pasto para sentirse mejor.

De pronto, destruyendo el leve sonido de las aves,  escuchó un murmullo casi incomprensible, quería saber que pasaba en su refugio y decidió acercarse al lugar de donde provenía y escondido detrás de unas ramas presenciaba otra nueva masacre: las rocas había rodeado a un ciprés que arrullaba tristemente esperando su fin. Quiso intervenir nuevamente, pero el pánico se volvió a apoderar de él y corrió despavorido hacia cualquier lugar alejado de esa visión.

Detuvo su marcha y se preguntó el porqué de los horrores vistos en tan lindo lugar, no entendía porque si todo era hermoso los seres que lo habitaban se lastimaban entre sí. Quería regresar a su casa inmediatamente, regresar a su vida de estudiante donde solo se preocupaba por problemas de materias. Lloró por mucho rato, se abrazó a sí mismo e intentó consolarse con palabras sencillas, buscaba un refugio en su interior.
 
Entonces se calmó y comenzó a pensar en la poca importancia que siempre le dio a lo bello en su vida. Jamás se detuvo a mirar una flor ni a ver dulcemente la salida del sol, ni un ave volar al son de la estación; nunca se enterneció con las caricia de su perro ni buscó un hombro cuando se sentía solo.

Comprendió que de nada sirve huir de los problemas, que la vida puede ser preciosa y que es mejor luchar pacíficamente contra aquellos que tratan de destruir su belleza.

A lo lejos escuchó una voz, esta se hacía mucho más fuerte y resultó ser su madre que lo llamaba con prisa. Inmediatamente se soltó, abrió los ojos y la abrazó. Ella no entendía lo que pasaba y no quería hacerlo, era feliz con tan inesperado gesto.

Él no olvidó aquel alucinante sueño, que le reveló su destino. Ahora era partícipe del cambio, ahora el mundo tendría otra visión para él, ese mundo que nunca se detuvo a analizar antes y que ahora lo hace ser el dueño y el conocedor de su sino.